Cuba, un paraíso para los Wenstein

En un momento como este, sometido a demandas y acusaciones por  acoso a celebridades de Hollywood

Por Narciso Díaz Rodríguez/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- Como siempre, también en Cuba, la mujer tiene la de perder.

El cubano medio tiene incorporado el hábito de abordar a una desconocida en la calle y celebrar sus atributos, sobre todo aquellos relacionados con la vestimenta y el cuerpo.

Se supone que los comentarios no deberían exceder  de una moderada galantería donde estarían presentes  el  respeto, el buen gusto y la prudencia. Pero todos sabemos que generalmente no es así. Las frases obscenas y  la insinuación lasciva, desde hace mucho tiempo,  se apropiaron del protagonismo.

En verdad, ya resulta  un panorama  normal  arraigado en las costumbres.  Y hasta podría decirse que muchas  cubanas  esperan siempre y calladamente algún que otro halago para  el día. De lo contrario, podría  sospechar  que esa vez no ha escogido el mejor atuendo, o peor aún, algo podría estar pasando con su figura.

Buscar la aprobación social diaria parece natural en un mundo donde el estándar de belleza es cruelmente  impuesto por los medios: no seguirlos podría conducir a la desesperación.

Y no es cosa simple, porque la gestualidad  invasiva y el lenguaje de mal gusto, impulsado por la música de moda, propician una plataforma de dominación, donde el ofensor, el acosador, siente que toma control de la situación. Y en verdad, aunque sea por ese instante en que “ella” pasa con su vestido corto, lo logra.

Más dramático resulta ser en el interior de los ómnibus urbanos y otras variantes de transporte público, donde la estrechez de espacio y los movimientos inesperados y bruscos dan pie a toda clase de malentendidos y abusos.

Pero donde realmente el acoso cobra un matiz particular  es en él ámbito laboral.

El Código del Trabajo, ley No. 116 del 2013, no hace la menor referencia al acoso o al abordaje sexual en el entorno profesional. Así, la trabajadora, la empleada,  mientras más joven y bella, más vulnerable es.

Para una mujer, las posibilidades de mantenerse indefinidamente en un ambiente hostil de trabajo son grandes, pues no existen mecanismos que permitan defender sus derechos, ya que las provocaciones y las sugerencias sexuales no se mencionan en el citado Código. Pero además, una queja en este sentido, no es algo que se tomaría en serio.  Por tanto,   “ella”, tan atractiva, tan digna  por negarse a corresponder a las solicitudes oscuras, a veces  sutiles y a veces groseras, de su jefe inmediato, sabe que su trabajo jamás tendrá un reconocimiento mientras se mantenga bajo su égida. Él, el jefe, es omnipotente, imbatible, imputable.

En un momento como este, sometido a demandas y acusaciones por  acoso a celebridades de Hollywood, en un escándalo mediático que jamás sospechó, Harvey  Weinstein, el ex productor de Hollywood, desearía tener la impunidad que disfrutó en vida  el hijo maldito de Birán.

Fidel Castro fue el ejemplo, siempre trató a la mujer con ese distanciamiento propio del hombre en el poder, ese al que ponerle coto y negarse a sus exigencias sólo podría abrir  puertas a peligros de toda clase. Él fue el líder  de los imponentes, de los acosadores.

El derecho revolucionario cubano se erigió sobre la psiquis de un patriarca retorcido con probado desdén  hacia la mujer.  Fue Castro I  quien impuso el modelo de macho rebelde, con botas y tabaco, de mucho humo y poca tolerancia,  ese que es suficientemente viril –o cruel−,  para someter a su mujer, a su esposa,  al mismo tiempo que seduce a otras, que por razón de trabajo o jerarquía, le están subordinadas.

Pero hay algo a lo que el extinto comandante  le dedicó particular esfuerzo y tiempo, −obviamente lo disfrutaba−, y fue a la conquista, muchas veces en forma de persecución implacable, de las novias y esposas de los ministros, militares y cuadros del partido. Pero como no podía estar en todas partes, pues escogió algunas entre aquellas  que le parecían más bellas y atractivas. Y así, se dio el lujo de tejer triángulos que perduraron por años, decenios.  Y en todos esos triángulos, la mujer no dejó de ser un objeto.

No es un secreto que los allegados y aduladores cercanos de Castro −como el Che Guevara entre otros−,  siempre trataron de crearse condiciones para imitar a su comandante. El paradigma era, y aún perdura, el súper gallo que coquetea con todas, las domina y las hace  suyas. Luego, de  un panorama como este, ¿cómo iba a emerger de las filas de los comunistas una inquietud sobre el acoso, una ley para detenerlo?

El Código Penal cubano, ley No. 62 de diciembre de 1987, tal y como quedó reformado por el Decreto-Ley No. 175 de 17 de junio de 1997,  en su Sección Quinta y bajo el rubro de ultraje sexual, recoge vagamente el acoso en su artículo 303, inciso a); y dice: “se sanciona con privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas al que  acose a otro con requerimientos sexuales”. Es decir, que si un individuo, conocido o no, arrincona a una mujer en plena calle, bien sea en un lugar abierto o  cerrado y en plena noche,  para exigirle una relación íntima, o para mostrarle partes impúdicas de su cuerpo, solo sería sancionado al pago de una  multa ligera, digamos  que a doscientos pesos, moneda nacional,  o un poco más. Esto, teniendo en cuenta la adecuación de las multas  por legislaciones posteriores a la promulgación del Código.

Y no hablo de invocar el acto delictivo en pleno ambiente laboral,  porque aunque el delito se tipificaría, las féminas no suelen hacer esa clase de denuncias en sus centros. ¿Por qué? Es muy sencillo: bien por temor a perder el empleo, o bien por no llamar la atención sobre algo  que a los jefe no molesta.  Los jerarcas del Partido odian esa clase de dignidad femenina. “Ella” puede irse, calladamente, sin protestas. Ya vendrá otra, tal vez más joven y encantadora. No importa si es casada. La cacería guarda su  encanto cuando la presa tiene  dueño.

Lo que  concede un carácter  particular a esta  modalidad de agresión sexual  en Cuba no es el acoso en sí. Todas las sociedades lo sufren. El problema es que en la isla, el colchón jurídico de protección, las leyes, no evolucionan. Y no se espera que lo hagan  en un futuro cercano, en que la dirección nominal del país  pronto estará en manos de un gobierno  títere, que seguirá a ultranza el modelo  machista heredado de los históricos. Y el machismo es la base misma del galanteo desmedido, del acoso.

En estos momentos, la sociedad norteamericana está inmersa en un debate, entre otros, en el que se intenta proteger a la mujer frente al hombre fuerte y poderoso.

El debate nuestro, la lucha, es más intensa, pues apunta a la esencia misma de la democracia, esa que aún no tenemos. Pero lo que en materia de justicia y derechos se gane en el norte o en otras latitudes, bien nos servirá. Hoy somos un paraíso para los Wenstein y los Castro. Mañana seremos creadores de  escudos, de  antídotos que los mantengan a raya.

Quizás no falte tanto…  como algunos piensan.

Conceptos relacionados