Un linaje cualquiera

Por José Alberto Álvarez Bravo

LA HABANA.- En las sociedades, sobre todo en las pre modernas, el linaje solo era importante para la nobleza; por consiguiente, la gente humilde carecía de linaje. Biógrafos que realizaban minuciosos estudios genealógicos, mayorazgos, títulos nobiliarios, parentescos, nada tenían que ver con los humildes. Ese es mi caso.

No obstante, dejo estas líneas por si alguno de mis descendientes muestra algún interés, ahora o en lo adelante, sobre nuestro linaje, un linaje cualquiera.

Sobre mi línea materna es muy poco. Mi abuelo, Juan Bravo, y mi abuela, cuyo nombre nunca supe u olvidé, eran oriundos de Canarias. Se establecieron en las afueras de Guayos, cerca de Sancti Spíritus, en una finca rústica que floreció económicamente a base de mucho trabajo. Tuvieron quince hijos, algo normal para la época.

Mi abuelo, José Álvarez Oromí, me contó algunos elementos sobre nuestros ancestros que él mismo conocía de oídas, y de manera fragmentaria. Había nacido con el siglo XX, y falleció a los 89 años en su natal Sancti Spíritus. Como legado me dejó estos fragmentos de historia familiar.

Alrededor del primer cuarto del siglo XIX, en algún lugar de Cataluña, nació un niño al que nombraron José. Su apellido era Cuté. Siendo ya un joven, el influjo de la época, la precariedad de sus medios de vida y la ilusión del Nuevo Mundo como tierras de promisión se conjugaron para sumar a José Cute a un grupo de soñadores, determinados a hacer fortuna en América. Quizás construyeran un artefacto flotante, botado en alguna costa mediterránea, que demoró seis meses en arribar a la costa sur de la región central de Cuba. Creo que el lugar del arribo se nombra Tunas de Zaza.

La aventura fue sufriente para entibiar el espíritu de nuestro héroe, quien se estableció a poca distancia del lugar, en Guasimal, donde contrajo matrimonio con María Álvarez, procedente también de España, aunque de otra región geográfica.

Alrededor de 1870, el matrimonio Cuté Álvarez tiene su primer hijo, al que nombran, como era costumbre, José. María no tarda en enviudar, alumbrando su segundo hijo al que nombra Francisco. Conforme a las reglas de la época, registró a Francisco como hijo natural, siendo inscriptor como Francisco Álvarez. Dadas las terribles condiciones impuestas en la zona por órdenes expresas de Valeriano Weyler, Francisco Álvarez falleció en la infancia.

Finalizada la Guerra de Independencia, José Cute Álvarez decide contraer nupcias con Josefa Oromí, pero la dependencia donde se guardaba su partida de nacimiento había desaparecido en un incendio. Mi bisabuelo decide solucionar el problema suplantando la identidad de su hermano muerto, casándose como Francisco Álvarez, aunque siguió siendo nombrado, en el seno familiar y social, Don Pepe Cuté.

Don Pepe Cuté/Francisco Álvarez procreó dos hijos, José –por supuesto- y Belén.

José Álvarez Oromí (mi abuelo) tuvo un hijo con Estrella Montalván, al que bautizaron como José Fernando, Pepe para la familia paterna, Nando para la materna.

Todos estos Cuté/Álvarez se asentaron en Sancti Spíritus y sus alrededores, donde Pepe/Nando conoció a Rosalina Bravo, una señora con edad para ser su madre y diez hijos.

El 19 de marzo de 1951 llego a este mundo. Mi madre no está de acuerdo con ponerme José, pero nazco el día de San José, y heme aquí como la quinta generación de Joseses.

El 22 de febrero de 1970 nace mi primer hijo, quien no pudo evadir el José Alberto. De otra relación nacen Dunia, el 15 de julio de 1978, y Diomedes, el 5 de junio de 1979. En 1981 nace Darien, quien desde muy pequeña fue a vivir con su familia materna a Isla de Pinos.

En este punto de la historia, marzo de 2018, tengo 67 años; desde hace cuatro años estoy casado con una divorciada, Felina Maria Pupo. Mi hijo mayor, ya de 48 años, no tuvo descendencia. Mi hija Dunia vive en Tampa desde 2013; su hija Laura, nacida en 2005, cada vez recuerda menos a su abuelo.

Mi hijo Diomedes vive en Alamar; de una relación ya disuelta tuvo un hijo, Diorian, que no logra entender por qué le digo “el último Cuté”. Con su actual pareja tiene un bichito hiperactivo y vivaz con el nombre Deyanira, como deseaba yo bautizar a su tía Dunia, consecuencia de mi admiración a la historia y cultura griegas.

Mi hija Darien tuvo dos hijos, Darisel y Davis. Darisel tuvo su retoño el 27 de enero de este año; me hace sentir raro el epíteto bisabuelo para mi persona, dejándome constancia de la rápido que pasa la vida.

Conceptos relacionados