En Cuba, cuando se fue la ideología, penetraron otras, algunas no tan buenas

Por Narciso Díaz Rodríguez

LA HABANA.- En 1985 Fidel Castro ordenó la edición de treinta mil ejemplares del libro “Fidel y la Religión”, un bodrio  en forma de entrevistas donde  las referencias a la buena vida y las grandes comilonas del comandante no se ocultaron. La egolatría fue tal  que hasta eso dejaron pasar.

Pero el objetivo del libro era claro: mostrar a los cubanos y al mundo que el comandante no odiaba la religión y en lo adelante dejaría de perseguirla. Al principio, como era de esperar, hubo  gran cautela. Pero el máximo líder, ya aburrido de la esterilidad de la ideología marxista, -que sí, le había servido para afianzar su poder monárquico, pero que entonces se le antojaba aburrida-, decidió hacer cambios. El  vástago de Birán estaba resuelto a destronar de su poder absoluto al marxismo. A fin de cuentas, él era más importante que Marx. Pero se le olvidó crear otra ideología y dejó a la  desbandada a un pueblo tan adicto a la superstición y  a los credos. Creyó que la sumisión al Estado, que era él mismo, bastaba para su gloria eterna. Y en su error de cálculo, muy propio de quien se enamora obsesivamente de sí mismo, creó un vacío que originó la proliferación de doctrinas, unas más oportunistas y oscuras que otras.

Comenzaron a salir desde las sombras manifestaciones de toda clase como los yogas, los Hare Krishna, los musulmanes, por supuesto que las sectas afrocubanas y no podían faltar: las diferentes denominaciones cristianas protestantes. De estas últimas tomaron fuerza las ya existentes y surgieron otras  que se fundaron con pocos recursos, en casas cultos, que luego emergieron como verdaderos templos.   Ante tanta efervescencia de credos y doctrinas, algunas bien exóticas, el régimen comprendió que la mejor opción era organizar a los organizadores de la fe. Así,  se creó la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista para “atender” a las diversas orientaciones  religiosas. Es decir, desde entonces, la fe debía expresarse por carriles ideológicos bien definidos. Las corrientes  más pragmáticas, esas que aprendieron a ser tan prudentes como las serpientes mientras dejaban de lado el espíritu noble de la paloma, han tenido mejor suerte. Las que no, las que a pesar de todo se han atrevido a sobrevivir, han sufrido ofensas, maltratos, asaltos, registros, decomisos, demoliciones, arrestos y toda clase de presiones para inducir a sus líderes a emigrar. Pero ahí están, asombrosamente presentes. Aunque, mi comentario de hoy, no  es sobre estos últimos, sino sobre los primeros, los que pactaron y disciplinadamente cumplen con las orientaciones de los oficiales de la Seguridad del Estado designados para ellos. Las humillaciones suceden a puertas cerradas. Pero los gendarmes, a menudo se hacen notar. Es una manera, otra más, de intimidar.

Demetrio, un vecino del Diezmero,  años atrás era alcohólico y violento. Según él, dejó de serlo. Al entregarse a la fe cristiana, su pasado quedó atrás. En principio esto es una idea  sublime, extraordinaria.  Nada más sano que “morir cada día en la cruz”. Pienso que es el único modo de asomarse a eso que llaman felicidad. Pero cuando la fe es  administrada por los “ungidos”, aparece inevitablemente la oreja peluda de la explotación.

En los años 70, Demetrio habría tenido que  acudir a un especialista para ahogar sus vicios.  Pero ahora existen otros métodos tolerados por el Estado, por cierto, menos engorrosos y mucho más prósperos. Sin duda,  pudo haberse decidido por el culto afrocubano, entre otros. Pero un pariente ya convertido, tan listo o más que él,  le alcanzó la Biblia y le presentó algunos hermanos de fe, todos bien vestidos y  con la marca de la prosperidad en la frente. Estaban bendecidos. Luego, no tardó en escuchar que la bendición y la prosperidad iban de la mano. Entonces, comprendió que si deseaba un cambio en su vida, este tenía que  ser en dirección a la fe.  ¿Qué debía hacer? ¿Asistir a los cultos y expresar su adhesión pública al credo? ¿Pagar el diezmo? ¿Entregar ofrendas? ¿Qué  más da?  Más tarde, aprendió citas del extenso libro, a reprender demonios,  a expulsarlos. Sí, las maldiciones en él  tomaron por caminos sutiles.

Y así, Demetrio el escandaloso, ahora devenido en heraldo de la buena nueva, aprendió a trastocar sus impulsos violentos en frases y recomendaciones…  también violentas. Ya no grita ni empuja, ahora le pide a su Señor que aparte de su camino “las piedras que le sean de tropiezo”. Es bueno aclarar que las “piedras” son seres humanos. Aun así,   ha tenido la satisfacción de presenciar el milagro de asistir al deceso de más de un pariente cercano que sencillamente interfería en el plan del Señor para con él. Ah, pero es el Señor quien toma la decisión, quien ejerce la violencia sagrada. Las manos de Demetrio permanecen limpias.

Nuestro hombre ya es parte de  una congregación próspera y triunfante, donde las palabras gloria y victoria se repiten más de treinta veces al día. Y da gracias al Señor por no haberle permitido confundirse de senda, pues  no es lo mismo arreglar el fregadero de un hijo de Changó que la casa de un cristiano que va y viene de Miami como  a Villa Clara y recibe remesas todo el año, porque es hijo de Dios y está bendecido.

Ahora Demetrio,  ataviado con ropa nueva y con mejor semblante ya puede usar  un Smartphone, regalo del Señor, en el que muestra a todos un video donde  Hugo Chávez maldice a Israel. Según él, y según su pastor, que es quien dice cuando y donde debe decirse, Israel sigue en pié y el venezolano murió adolorido y destrozado por un cáncer. Personalmente desconozco si en algún caso, esa enfermedad  ha dejado de ocasionar dolores mientras el organismo se descompone. Pero Demetrio sabe, o siente -no siempre es lo mismo-, que mantenerse en  la línea de pensamiento indicada por su guía espiritual es su oportunidad de acercarse al bienestar, o al dinero. Para él,  es lo mismo.  Así,  ha asimilado de  “sus hermanos” y sobre todo del pastor,  un sistema de ideas tan oscuras como violentas,  bien escogidas y extraídas de contexto del Antiguo Testamento, que incitan a la muerte, al genocidio  y la barbarie. A veces nos creemos que el fascismo se inventó en el siglo XX.

Y entre todas las doctrinas que obedientemente ha asimilado nuestro amigo, está nada menos que el sionismo cristiano, esa aberración de los tiempos modernos que mezcla el legado del Nazareno con la crueldad y el extremismo. ¿Quién  lo iba a decir? No,  el Bicho de Birán jamás pudo imaginarlo.

Dos son las causas por las que las denominaciones protestantes cristianas,  sobre todo las evangélicas y metodistas, han prosperado tanto en la Isla hasta convertirse en verdaderas empresas con ingresos que nadie calcula. Una de ellas, la primera, es  el sometimiento total al Estado cubano. Nada de inconformes políticos. Nada de disidentes y opositores al régimen entre los congregados. Los que se oponen al gobierno, poco importa si son maltratados o aporreados, si son hombres, mujeres, niños, ancianas. Ninguno de ellos, al menos en la Isla,    tiene derecho a la fe. En este sentido, estas iglesias y sus templos operan como entidades sustentadoras de los pilares gubernamentales. También son, sin duda,  agentes represores de derechos humanos. Los son los pastores que expulsan de sus templos  a los opositores, como los fariseos expulsaban a Jesús de las sinagogas. Para esos líderes religiosos, acostumbrados a su status de VIP, con visas múltiples gracia a las cuales viajan y pasan  largos períodos del año en el primer mundo,   hay una máxima que lo resuelve todo: “al César lo que es del César”. Como si Cristo no hubiese sido un ejemplo de opositor y disidente. Y la otra causa de la prosperidad de esas iglesias es  el acatamiento –y la aceptación de fondos y ayudas- de las ideologías de las denominaciones homólogas en el exterior, orientadas al sionismo cristiano, sistema de pensamiento extremista que declara abiertamente que el pueblo árabe es enemigo de Dios. No puede haber sentencia más ofensiva y violenta contra el espíritu humano.  Si existe una solución para el conflicto entre judíos y palestinos, no puede venir con la aniquilación de uno de los bandos. De lo contrario, ¿para qué vestirse de demócrata? ¿Acaso el sionismo extremo  tiene un rostro más humano que el comunismo?

Y lo más alarmante, esta ideología, la que obstinadamente profesa la supremacía del Estado de Israel, está presente  incluso entre algunos de los que valientemente arriesgan sus vidas exigiendo derechos para  todos dentro de la Isla. Hasta en ellos se ha infiltrado este manojo de ideas promovido por los grupos de influencias  más poderosos del planeta.  ¿Por qué ocurre esto? Es el riesgo de aceptar la ayuda. La ayuda es imprescindible, pero a menudo viene infectada.

Enfrentarse a ciegas al castrismo  es una trampa, una más.  Intentar armar una democracia mientras  se enarbola la bandera de “los elegidos”, no es para nada alentador.

 

 

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