Rodríguez versus Castro, el verdadero escenario de la sucesión de poderes en Cuba

La alta jerarquía pretende seguir demostrando que las dictaduras insertadas en el capitalismo globalizado son el negocio más próspero

Por Narciso Díaz Rodríguez.

LA HABANA.- En abril próximo, el parlamento cubano, ese cónclave carente de contenido y legitimidad  que se nos prepara en la sombra,  designará a un sucesor  para ocupar la silla  dictatorial.

Todo parece indicar que no será otro de los Castro. Aunque  sí, un soldado bien adiestrado, con la misión de garantizar  la continuidad ordenada y conveniente del poder. Un guión estudiado por años para asegurar la supervivencia de un clan, o de dos, que ahora aparentan ser uno solo.

Nadie entrega el poder que tiene. La alta jerarquía pretende seguir demostrando que las dictaduras insertadas en el capitalismo globalizado son el negocio más próspero y seguro de los últimos tiempos. Y lo cierto es que disfrutar de las bondades del libre mercado mientras a la vez se vulneran los derechos humanos, coloca a los oligopolios comunistas en franca ventaja frente a las empresas que en occidente, sometidas al estado de derecho, intentan crear ganancias.

China no es un milagro económico solo por la inteligencia y la capacidad laboral de su pueblo,  sino por haber instaurado un sistema que combina la magia  del libre mercado con el desprecio institucionalizado de las libertades civiles e individuales, entre otras, y las posibilidades de ignorar impunemente, dentro de ese país,  las leyes universales de protección al medio ambiente.

Las empresas que se establecieron en  el gigante asiático, solo precisaban dejar claro su apoyo tácito al régimen comunista. Los abusos laborales no eran ni es material de interés para la burocracia.

Y es eso, precisamente, lo que los sucesores de Castro esperan instaurar en la Isla: una inmensa prisión en el Caribe donde predomine  la mano de obra esclava, en tanto la protección del ecosistema sea solo una práctica a discreción.

Propiamente dicho, el  sustituto de Raúl Castro no será Diaz Canel, ni Bruno Rodríguez ni otra infortunada  marioneta preparada para ofrecer el rostro. Las riendas, las palancas,  las sostendrá esa sombra de poder que cada vez más toma  forma y se hace visible  tras la huella  que va dejando el general en su retirada ordenada y biológicamente motivada.

El verdadero poder ya lo es y lo seguirá siendo la mesa de tres formada por: El coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro,  y aunque recientemente se desmanteló la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional que este delfín dirigía, es poco creíble que no se mantenga en  la cúspide de los dos organismos claves del poder en la nación: el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas; Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y actual  Jefe de la Dirección de Seguridad Personal, a cargo de un ejército de más de mil hombres, con facultades casi infinitas  para vigilar, intervenir  y reprimir.

No podía faltar, tal vez el más poderoso y enigmático de todos, el general de división Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, padre de Raúl Guillermo, y quien controla el Grupo de Administración Empresarial S, A, (GAESA), suerte de  conglomerado de empresas  de dimensiones nunca bien calculadas, que incluye, entre otras, la corporación de turismo y comercio Gaviota S.A, las corporaciones estatales Cubanacán S.A y CIMEX, así como el Banco Financiero Internacional (BFI).

Estos tres, por cierto, militares de uniforme, más allá de las máscaras, más allá de los espejos e ilusiones  bien diseñadas en laboratorios de propaganda moderna, tienen y tendrán la capacidad de tomar las grandes decisiones de un país pequeño con colonias en ultramar como Venezuela, Bolivia y otras.

Ahora bien, hay un detalle que ordinariamente se está dejando pasar  por alto. Si le damos importancia a que no es lo mismo llamarse Castro que Rodríguez, pues el esquema de tres se convierte en solo dos: de un lado el coronel Alejandro y del otro el  atolondrado Raúl Guillermo y su padre, el ultra millonario y despiadado  Luis Alberto.

En la historia sobran ejemplos de las tensiones y guerras que estallan desde el interior de  la familia gobernante una vez desaparecido el rey, el faraón o el césar.

Es de esperar, en este caso,  que la comunicación siempre fluirá mucho mejor entre padre e hijo que entre tío y sobrino, o entre cuñados que quizás ya no lo sean. Pero además, se trata de dos familias, dos clanes, con sus propias arrogancias e intereses: los Rodríguez y los Castro. Es obvio que el coronel siempre estará en desventaja en esa mesa triangular donde estos tres −y no hay por qué incluir a otro−, se dispongan  a despachar,  controlar y reescribir  la narrativa  del títere de turno.

El próximo gobernante simbólico de la Isla, atrapado en un círculo de poder fantasma,  tendrá mucho temor y pocas posibilidades de sobrevivir sin violar la justicia internacional.  Sentado sobre un polvorín, pensará en un futuro para su familia, pero no podrá hacer mucho.

El trío en la sombra, sin que hasta ahora se les pueda demostrar su actuación en  crímenes de lesa humanidad, le pedirán al administrador  de turno, el nominal,    que en lo de sus manos, que reprima a la población y aporree a  los opositores, que saque a la calle el camión cisterna con aspecto de ballena enfurecida para desbordar agua a los manifestantes. Y el ejército, dirigido por un autómata bien programado estaría listo para abrir fuego a la población. Y así se extenderán los meses y algunos años, unos pocos, hasta que el general retirado sea una estampa más al lado de su fallecido hermano.  Entonces, solo entonces, vendrán los pactos.

Si Gorbachov erró creyendo que la perestroika y la glasnost garantizarían un futuro próspero para el socialismo y la URSS, los herederos de Raúl Castro, el trío, o el resultado de una guerra fratricida dentro del clan −o entre clanes afines−, serán más pragmáticos y venderán a buen precio el legado de  Fidel Castro, algo en lo que jamás creyeron, y por tanto, nunca dejó raíces en ellos.

El clan triunfador −podrían ser los Rodríguez−, estará listo para entregar su alma a cambio de legitimidad, de tolerancia cómplice. El futuro cercano podría esta envenenado por un pacto ya sugerido, a la espera de otros vientos. Nos conviene estar alertas.

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