La historia entre Angola y La Habana de El Lisiado del Zaguán

Sobrevivo con la venta de alcohol a los borrachos del barrio.

Por Frank Correa/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- En este 2017 que termina, Fernando George cumplió cuarenta años de haber perdido una pierna en las inmediaciones de Huambo, en la lejana Angola, cuando una mina hizo volar por el aire el vehículo en que viajaba.

Fernando es conocido en el pueblo como el Lisiado del Zaguán. Pocos saben que fue un soldado de gran valor y que perdió la pierna en una acción de guerra y no en un accidente.

“Nunca olvidaré aquel momento. El BTR en que íbamos estuvo detenido en una curva hasta que los zapadores dieron la orden de marcha. El comunicador, enlazado por radio con el puesto de Huambo nos transmitió las instrucciones de Luanda, que había recibido la orden de La Habana de avanzar por aquel camino hasta las posiciones abandonadas por los sudafricanos, que no resistieron la andanada de los BM-21 y huyeron en estampida esa tarde”.

“El despliegue parecía mucho más fácil que lo planeado” continua explicando George, que adquirió conocimientos militares en una academia antes de ir a la guerra, “pero cuando el BTR con los seis soldados cubanos y dos angoleños dobló la curva, fue sacudido por una violenta explosión y un resplandor intenso me cegó, me golpeé muchas veces dentro de la mole de hierro aquella, que daba vueltas como un juguete plástico”.

Cuenta El Lisiado que cuando recobró el conocimiento, no sabe de qué forma pudo salir por la escotilla, que había perdido la tapa. Se arrastró hasta el camino, donde el olor a carne quemada aún circulaba en el aire. En su penoso trayecto vio cadáveres, cascos, fundas de pistolas, una bota, papeles,  y dos ruedas del BTR,  desinfladas.

Exactamente donde explotó la mina que acabó con su escuadra, había un agujero negro y halló también una cantimplora, que le pareció la suya, y un pedazo de fusil sin culata. Continuó arrastrándose en dirección a una trinchera, guiado por el instinto de conservación, pero comprendió que deliraba,  estaba lejos de cualquier salvación. Un dolor terrible, mucho mayor que el sufrimiento que invalidaba su cuerpo, le indicó por primera vez que su pierna derecha estaba destrozada.

“Me tendí bocarriba, mirando la llegada de la noche, en el cielo sin estrellas de Angola, presintiendo que aquella sería mi última visión”.

Debajo del muñón la sangre se empozaba y comenzó a enfriarse, a coagular. Fernando descubrió en la maleza a los carroñeros, esperanzados por la proximidad de un banquete. En dirección sureste escuchó la bataola de la artillería reactiva, señal inconfundible que le daba alcance al batallón sudafricano. Cuenta Fernando que se desmayó un rato y cuando despertó había siseo junto a él y un aletear pertinaz, entonces tuvo miedo de no regresar jamás a la patria, de no volver a ver a su hija, a su esposa, a su madre.

Durante su misión internacionalista y a manera de terapia, se había construido una fantasía de salvación: Regresaba a casa muy feliz y entre aplausos de familiares y amigos y alzaba una bandera cubana. Al terminar el acto de bienvenida se emborrachaba y bailaba en medio de la calle, rodeado de la admiración por su valor en la guerra. Todas las noches, en la soledad de la trinchera,  ensayaba un pequeño discurso que se inventó para cuando retornara a la patria. Pero la realidad era otra, el zapador no detectó una mina y ahora Huambo, Luanda, La Habana, eran lugares lejanos de aquel camino pedregoso mojado con su sangre. 

“Me salvé de milagro, me rescataron casi en el último instante”, dice George. “Me amputaron la pierna, a mi regreso no hubo vítores, tampoco pude reintegrarme a mi antiguo trabajo, me divorcié, perdí mi familia, la casa. No soy héroe ni nada. Sobrevivo con la venta de alcohol a los borrachos del barrio. Soy simplemente El Lisiado del Zaguán”.

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