Una actualización de lo que sucede con los vendedores ambulantes en Cuba

La vida de los vendedores ambulantes cubanos es dura y es una de las vías de supervivencia ante la necesidad.

Por Yunia Figueredo/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- A partir de la apertura económica  del 2013 para el trabajo por cuenta propia, los vendedores ambulantes se convirtieron en una referencia cotidiana del entorno cubano.

Mariela, residente en el reparto Juanelo y madre de tres hijos, es divorciada y tuvo que echar mano a este oficio para sobrevivir. “Mi esposo me dejó cuando nació mi hijo varón, hace cuatro años, y me las vi negras. Mi mamá me ayudaba, en lo que podía, pero después que murió entonces  una amiga me habló de ‘vender en la calle’ y de eso vivimos”.

Mariela con una pesada mochila a cuesta, vende por las calles cloro, salfuman, aromatizante y creolina, que compra en el Cerro. “Pero de un tiempo a la fecha los abastecedores les han subido el precio a los productos y por consiguiente yo también. La gente protesta y he perdido clientela, pero ¿qué voy a hacer? La ganancia ha mermado. La soga sigue apretando. Como yo miles de madres en todo el país sobrevive con la venta ambulante de productos y cada día crece el número en este oficio y de paso aumenta la competencia. Entonces la cosa se nos pone más fea a los de menores recursos”.

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Otra madre que mantiene a su familia con la reventa de productos es Clara Delia, de Santa Fe, que nos cuenta: “Vendo percheros, palitos de tendedera, cubos, escobas, trapeadores, destupidores de baño, lo que aparezca. Me levanto de madrugada y me voy para La Habana Vieja. En la calle Monte se encuentra de todo. A veces regreso cargada de confituras, otro día de coditos y espaguetis, soy lo que se pudiera llamarse una vendedora multioficio. Obtengo en el día el doble de lo que invierto, menos lo que gasto en una merienda y el dinero del transporte. Hay jornadas que me abstengo de alimentarme para sacarle la mayor ganancia a la venta, pero eso va en detrimento de mi salud, ya una vez me dio un bajón de azúcar por caminar tanto bajo el sol sin ni siquiera tomar agua y desde entonces gastó algo en un pan con cualquier cosa y en un refresco”.

El testimonio anterior de Clara Delia confirma el refrán: “No se puede cambiar dinero por salud”. Hace poco falleció en plena vía un viejito al que apodaban ‘Receta’, por haber sido farmacéutico en su juventud. Paradójicamente vendía caramelos ‘hecho en casa’ y por no tocar ni uno para sacarle la mayor ganancia a la venta,  cayó en la acera fulminado por una hipoglicemia. Resultó un suceso muy triste, algunos muchachos que estaban cerca y en vez de auxiliarlo, cargaron con el bolso de los caramelos y el dinero. Solo al poco rato vinieron unos vecinos lo cargaron hasta el consultorio más cercano pero ya era tarde.

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Actualmente a los vendedores ambulantes habituales se han sumado los vendedores de helados, con música y pregón grabado. En bicicleta y con un anuncio bastante carismático, su pregón llega a los rincones más recónditos de las viviendas, y angustian a los padres de bajo poder adquisitivo, que en las tardes, (la hora más recurrente para la venta), cierran las puertas para esquivarlos, en vano.

También los vendedores de pan han aparecido en el ambiente saturado de La Habana, como los vendedores de ropas y de juguetes. Celina dice que son una plaga que acaba con el bolsillo de las familias. ¿Quién puede decirle que no a un niño,  cuando pasan vendiendo caramelo o galleticas? En cambio, cuando un vendedor de ropa se aparece en la casa, con la ropaque los niños necesitan, uno tiene que ceder y comprarla. Ahora existe una nueva modalidad, de pagar más tarde: el día del cobro o cuando llega  la remesa enviada del extranjero. Sí, uno resuelve la ropita o el par de zapatos en ese momento, pero después es la angustia a la hora de sacar las cuentas y pagarlas”.

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La vida de los vendedores ambulantes es dura y es una vía de supervivencia y de manutención para sus familias, pero un acicate para los padres  que en las viviendas cuentan cada centavo para poder carne aunque sea una vez a la semana y cubrir todos los gastos que se necesitan a diario para vivir hoy en Cuba y un sufrimiento para los niños, que los ven pasar por delante y no poder comerse a veces ni siquiera una golosina.

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