Nueve días de asedio y represión en Güira de Melena

Población coaccionada brinda forzada imagen de dolor unánime

Por Jorge Bello Domínguez/ HABLEMOS PRESS.

ARTEMISA.- El fallecimiento de Fidel Castro Ruz se dio a conocer en alocución televisada la noche del día viernes 25 de noviembre pasado. Según el general- presidente, el deceso ocurrió en horas de la noche de ese propio día.

Para mi desdicha, no fui testigo del anuncio. Esa noche sufría fuerte jaqueca y ya estaba en cama. Sólo al día siguiente tuve conocimiento del hecho.

Las primeras horas de esa mañana transcurrieron entre opiniones y reacciones. Conocidos y vecinos que saben de mi posición opuesta al régimen, se me acercaban y expresaban muestras de júbilo o incertidumbre. Otros, temerosos, por cautela prefirieron no hacer ningún comentario.

Finalizando la mañana, me llegaron noticias sobre varias detenciones ocurridas en las calles de la localidad. Se decía que toda persona que sorprendieran escuchando música, conversando en grupos o ingiriendo bebidas alcohólicas, era conducida para la Unidad de la Policía, y allí multada o advertida.

Además, se conoció de la golpiza que agentes policiales le propinaron a un ciudadano conocido como Ricardo Calavera. A pesar de ser un renombrado colaborador de la dictadura, no escapó a la furia desatada. También se supo del decomiso de la bici-taxi a un cuentapropista: ingenuamente conducía emitiendo música grabada.

Era claro que se había desatado una campaña intimidatoria contra la población en todo el territorio. Se activaban las paramilitares brigadas de respuesta rápida, quienes, junto a efectivos del Ministerio del Interior y Fuerzas Armadas, se lanzaban a amedrentar a la población, provocando que horas después se diera una imagen de fidelidad a la figura y legado del extinto dictador.

¡En lugar de sincero duelo nacional, se creaba un Estado de Excepción!

Para los que se dedican a la difícil labor del periodismo independiente en la isla, es sabido que un suceso de esta magnitud, por lógica traería una cadena de reacciones y opiniones diversas dentro de la ciudadanía. Me dispuse a cubrir el evento, ignorando que ya me sufría un chequeo en la esquina de mi vivienda. Los clásicos “chivatientes” recibían instrucciones del encargado de reprimirme: Yoandri, oficial de la policía secreta.

A pesar de las advertencias de mi conyugué, me dispuse a realizar la labor. Apenas había recorrido algunas cuadras, fui detenido y conducido a la Unidad policial de mi localidad en la auto patrulla 162. Allí fui advertido de no estar a menos de cincuenta metros de mi casa. Además, fui amenazado por intentar realizar cualquier reporte que mostrara lo contrario a lo que ellos pretendían hacer ver al mundo. Querían evitar que se conocieran sus arbitrariedades reprimiendo escuchar música, celebrar, reír en público, etc. Querían vender una imagen de luto sincero, reprimiendo las verdaderas manifestaciones populares que pudieran manifestarse.

Fui liberado sobre las 7:00 p. m., más sobre las 9:00 p. m. el mismo oficial del G-2 ya citado se apareció a la puerta de mi vivienda para verificar si estaba siendo “obediente”.  Tuvimos una fuerte discusión e intercambiamos improperios de ambas partes. A partir de ese momento ¡se desato mi infierno! Vigilancia extrema, amenazas, asedio, provocaciones verbales de los sicarios al servicio de la policía secreta, los que impedían que saliera de la casa.

El domingo 27, a las 10:00 p. m., cruzaba la calle a un costado de mi residencia cuando el oficial de la policía secreta Aldenis, con galones de teniente, intento atropellarme con la motocicleta marca Jawa que tiene asignada, modelo 350 de color rojo. Por esa tentativa de homicidio estoy iniciando una acción judicial contra el agresor y por su complicidad explicita en el hecho, incluyo al jefe de la policía de mi comunidad, Dagoberto, con rango de mayor.

La muerte de Fidel Castro Ruz, lejos de consternación, deja un amargo sabor a represión, intimidación y manipulación mediática dentro de la población donde vivo. Soy testigo del llanto de una quinceañera cuando la policía local arbitrariamente le cancelara la íntima recepción familiar que con modestos esfuerzos le prepararan sus padres. No importó que se realizaba en la parte trasera de su domicilio y sin excesos con el sonido de la música.

También soy testigo de las maniobras utilizadas con los trabajadores en los centros laborales. Debían acudir en masa al lugar seleccionado para mostrar respeto a una foto expuesta del difunto “comandante en jefe”. De lo contrario, quedaban excluidos de la tan necesaria “javita” para el final del mes, cuyo contenido alivia la maltrecha economía familiar. Además, también soy testigo de la insistencia oficial en las cuadras para la firma de un documento que denominaron “de reafirmación revolucionaria” del pueblo, así de cómo fueron sacados los niños de sus clases y llevados por sus maestros a los puntos elegidos.

En lo que pude constatar que muchos sí coincidían libremente era en el deseo de que acabaran de inhumar el cofre con las cenizas y sepultar años de sufrimiento y dolor en la historia de Cuba.

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