El varón cubano como instrumento de placer

Jóvenes cubanos. Foto/HP

Por Osmel Almaguer/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- En un cuartico que teníamos detrás de nuestra antigua casa, mi padre guardaba con celo su caja de herramientas. No dejaba que nadie se le acercara. Eran sus herramientas de construcción, de plomería, de trabajar la madera, en fin, de todas esas labores que un hogar requiere.

Miembro de una generación de hombres que sabía hacer de todo, y proveniente de la zona este del país, donde la necesidad obliga a las personas a ser versátiles, mi padre tenía la filosofía de afrontar cualquier reto en ese sentido. Si había que levantar una pared, se hacía, aunque no supiera ni papa sobre el asunto.

Con el tiempo, se fue haciendo viejo y nos mudamos de aquel lugar hacia un apartamento en el centro de La Habana. La caja de herramientas, aunque vino con nosotros, se fue haciendo menos relevante porque, a decir verdad, no heredé su laboriosidad doméstica.

Todavía hace algunos años me decía que nunca me iba a casar si no aprendía a poner unos azulejos o un marco de ventana, porque a las mujeres no les gustan los vagos. Pero mi padre hace mucho tiempo perdió el roce constante con la realidad. No es que esté senil, sino que pertenece a otro tiempo.

el-varonCambio de época: ¿Se invirtieron los papeles?

Aquella época en que solo las mujeres eran vistas como instrumento sexual o doméstico, quedó atrás. Incluso, diría yo, con toda esta oleada feminista, el centro de preocupación se ha trasladado tanto hacia el cuidado de las féminas, de sus derechos, en fin, de su bienestar, que hemos ignorado una nueva tendencia, creciente y peligrosa: la cosificación del hombre.

No puedo decir exactamente cuándo comenzó, tal vez a partir de los noventa. Sus detonantes tendrán diferentes orígenes, que irán desde las propias ideologías sexistas hasta el tema económico, pasando por factores sociales como los medios de comunicación.

A mediados de los años dos mil llegaron con fuerza a Cuba una serie de conceptos sexuales que diversificaron el diapasón de costumbres, formas de hablar, vestirse y comportarse, en fin, de entender los fenómenos de la sexualidad. Metrosexuales, transexuales, intersexuales, etc.

Una de las consecuencias de este fenómeno fue que el concepto de hombre rudo, tosco, salvaje, imperante hasta ese momento, fuera sustituido dentro de las preferencias por el de un hombre bien cuidado, que va al gimnasio, se depila el cuerpo y la cejas, se aplica tintes en el cabello, utiliza cremas y otros cosméticos.

Esta tendencia había llegado más tímidamente al país con la aparición, en los críticos años noventa, de los llamados pingueros; hombres que se prostituían con extranjeros aunque no necesariamente tuvieran una orientación homosexual.

Fue una fisura en la gruesa cáscara ideológica que habían colocado los Castro alrededor del país. Una fisura que comenzó con la entrada a la Isla de empresas extranjeras, propaganda capitalista etc., y que continuaría en el futuro con la entrada de información a través de la Internet de las empresas, los e mails de los familiares en el exterior, etc.

Todo ello produjo un hombre más apetecible, y el desprejuicio suficiente, por parte de las mujeres, de comenzar a pretender públicamente el placer de esos nuevos cuerpos. Desprejuicio alentado además por los discursos feministas que comenzaban a levantarse no solo a través de los medios estatales de comunicación, sino también a través de una emergente red de blogueros, y gracias a la creciente presencia de Internet.

También en los noventa, con la profunda crisis económica sufrida por el país, comenzaron a desmoronarse determinados ideales románticos como el matrimonio por amor y la belleza interior de las personas, tendencia que por cierto no se ha detenido.

Miles de cubanos se fueron a la cama con extranjeros a cambio de dinero, o por la sola posibilidad de casarse y comenzar una vida en cualquier otro país. Se habla, sobre todo, de las mujeres, sin dudas las más afectadas, pero se ignora el fenómeno dentro de los hombres como si el solo hecho de ser, acaso más fuertes físicamente, hiciera entonces de todo aquello algo sin importancia.

Marcos, amigo de un amigo, se dedicaba a salir con extranjeros, al igual que su hermano. Vivían en un apartamento, en una de las zonas menos deseables del reparto Alamar. Sus principales motivaciones eran las de tener alguna que otra camisa nueva, dinero en el bolsillo y andar en taxi. No daba para más.

Pero la prostitución no fue la única forma en que los hombres cubanos se cosificaron, sino solo la primera. Conceptos como la “relación musical”, es decir, abierta, allanaron el terreno para una posterior oleada de promiscuidad, en la que la mujer comenzó a jugar un papel cada vez más activo.

Se volvió bastante común, en la degradación reinante de los noventa, escuchar que una mujer estuviera con tres hombres a la vez: “El que me da buen sexo, el del dinero y mi marido”.

Actualmente, otra tendencia que los de mi tiempo nos resistimos a comprender, es esa nueva versión de la llamada “titimanía”, que no es más que la atracción hacia las personas muy jóvenes. Si antes se recomendaba que el hombre tuviera unos años más que su pareja, por aquello de que ellas maduran primero, ahora son comunes las parejas de veintitantos años, ella, con él que no llega a los diecisiete.

Adela, una joven santiaguera de 25 años de edad, cuyo novio no pasa de los 20, afirma: “Para madura yo. Lo que necesito es un hombre con energías en la intimidad. Lo demás se arregla por el camino”.

Los roles dentro de la relación se han distorsionado, pero también la manera de entenderlos y asumirlos dentro de la sociedad. Cierta vez, mientras trabajaba en la dirección de Promoción del Instituto Cubano del Libro, en donde era el único trabajador masculino, casi fui obligado a cargar un montón de sillas, solo porque ese no es trabajo para una mujer. Entonces quedé muy confundido. ¿Adónde nos lleva la supuesta igualdad con las mujeres?

Otro tema delicado es la caballerosidad obligatoria, concepto machista en su origen, y absurdo en su aplicación, en un país donde la política oficial desde hace décadas aboga por la igualdad de sexos.

Todavía existen personas que exigen que los hombres cedan el asiento en la guagua, y hombres que sin pararse a meditar sobre lo que hacen, se levantan mecánicamente cuando ven que aborda una mujer.

En una reciente visita a la república Checa, una residente cubana me decía que allí esa acción podía ser considerada como ofensiva, pues los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos, son iguales.

Los tiempos en que creíamos que las mujeres son más débiles, supuestamente terminaron. Los tiempos en que la caballerosidad podía conducirnos a una relación exitosa con una mujer, fueron aniquilados por ellas mismas. Los tiempos en que ellas ganaban menos y tenían peores empleos, tal vez terminen pronto.

Sin embargo, mi preocupación no es en base a la liberación absoluta, y merecida, de las mujeres. Mi preocupación es en base a lo que el efecto de ese péndulo puede provocar en el sexo masculino.

Por el momento, para los hombres que ni siquiera cumplen la función de cosa, la realidad se va haciendo un poco menos llevadera. Con valores, ya no se llega lejos en este país. Si no tienen un cuerpo de estatua griega o una cantidad de dinero conque comprarla, quedarán como la caja de herramientas de mi padre, olvidados en un rincón de la nueva casa. Hasta que lleguen, tal vez, tiempos mejores.

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